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Freud, sexo y amor

agosto 11, 2007

Por Marcos Aguinis

 

Cada tanto vuelve a encenderse la polémica alrededor de Sigmund Freud y esas dos resonantes palabras: “sexo” y “amor”. Puede admitirse que inauguraron el siglo XX como una chispa en forma de libro, que al principio tuvo escasa repercusión: La interpretación de los sueños. Aunque Freud ya había lanzado varias publicaciones, esa chispa fue la que puso en marcha una imparable revolución en el pensamiento, la ciencia y el arte. Freud era un médico de gran creatividad, culto, valiente e imaginativo. Aún prosigue generando desacuerdos. Sus discípulos no cesan de estudiar cada una de sus palabras con la obsesión de los orfebres que manipulan oro y diamantes. Los menos atrevidos se limitan a repetir frases que parecen gotas de una revelación divina; en cambio, los que de veras comulgan con su rigor científico, le buscan con microscopio las contradicciones, las fracturas o los conceptos que refutan ciertas evidencias que él no alcanzó a percibir.

 

Una de ellas es su tratamiento de un asunto tan enorme como el del amor. Nada menos. Evitó cerrarlo con una definición contundente, advertido de sus infinitos colores, complejidad y consecuencias.

 

Jacques Lacan, uno de sus continuadores, de culto en Francia y América latina, dijo que es imposible decir algo significativo sobre el amor, porque cuando se empieza a tratarlo, aparece la imbecilidad. No obstante, añadió: “Lo único que hacemos en el discurso analítico es hablar sobre el amor”. Freud mismo, ya en 1907, en una reunión de los miércoles –cenáculo en el que polemizaba con los primeros entusiastas de sus teorías–, afirmó: “Nuestros tratamientos son tratamientos por el amor”. ¿En qué quedamos, pues?

 

Más adelante, siendo ya célebre, un visitante le pidió que se refiriera a sus grandes maestros. Lo paseó por la abundante biblioteca que forraba las paredes de su departamento vienés y se detuvo frente a las obras de famosos literatos, no de científicos. Uno de ellos era Shakespeare, quien escribió sobre el amor en la mayoría de sus piezas. Esos autores lo habían inspirado y eran los precursores genuinos del psicoanálisis, aseguró. Todos hablaron sobre el amor y sus infinitas manifestaciones.

 

Aunque lo mantenía en la privacidad, Freud había sido un amante apasionado: lo evidencia la correspondencia que mantuvo durante años con su novia Martha. Al mismo tiempo, ejercitó una moral de hierro, tanto en el consultorio como en su vida, aunque se ha insistido –más con imaginación que con pruebas– en una relación amorosa fugaz con la hermana de Martha.

 

Su genio era el de un ser humano y, como todo ser humano, chocaba con sus limitaciones, porque jamás alguien puede vivir ajeno a su circunstancia, como enseñó Ortega y Gasset. Habitó en un tiempo encorsetado por la pacatería victoriana y los prejuicios de época que no lo dejaron desembarazarse por completo de arraigadas tradiciones machistas. Pese a los esfuerzos que hizo por horadar los secretos de la mente y develar misterios quemantes, no pudo romper con pareja eficacia todos los candados.

 

De ahí su extraordinario mérito.

 

Hoy resulta fácil abordar muchos temas que por entonces eran tabú. En la Viena de Freud la sola palabra “sexo” ya se teñía de escándalo cuando pretendía ser introducida en los engreídos templos de la academia. Tuvo el coraje de estudiarlo con la minucia de un entomólogo y usar términos potentes, sin rodeos, que la gente “de bien” ni siquiera balbuceaba en una reunión “seria”. Se introdujo en el laberinto del inconsciente con la broncínea espada de Teseo sin aferrarse al hilo de Ariadna. No había red bajo sus acrobacias inéditas. Advirtió, anotó y comunicó las íntimas relaciones de la sexualidad con el psiquismo y afirmó que ella ya reina desde la más tierna infancia. Sólo insinuarlo era un insulto a las buenas costumbres. Como si fuera poco, descubrió zonas erógenas en el bebe y notificó sobre las consecuencias que ciertos placeres o displaceres inaugurales operan en la mente del adulto. En otras palabras, sus observaciones sobre el devenir sexual y los conflictos que producen lo llevaron a concluir que la sexualidad desempeña un rol crucial, permanente e inevitable en el psiquismo.

 

Por esa razón, Freud tuvo que afrontar críticas ignorantes y maliciosas que lo señalaban como un obseso sexual y un perverso. Varios autores redujeron la fantástica suma de sus aportes a una sola palabra: pansexualidad. La jerarquía que otorgó a una función que pretendía ser negada encandiló tanto que no era difícil aplastarlo con semejante lápida, celebrada por sus detractores. Para defenderse, Freud se apoyó en el antiguo concepto helenístico de Eros, bien descripto por un sabio indiscutido como Platón en Symposium y en Fedro. Muchos se sintieron aliviados. Pero entrañaba un giro de consecuencias teóricas de corto y largo plazo. Lo explicó así en 1924: “Esta ampliación es doble. En primer lugar, la sexualidad es desasida de sus vínculos demasiado estrechos con los genitales y postulada como una función corporal más abarcadora, que aspira al placer, y que sólo secundariamente entra al servicio de la reproducción; en segundo lugar, se incluyen en Eros todas las mociones meramente tiernas o amistosas para las cuales el lenguaje usual emplea la multívoca palabra amor”.

 

Freud ya había tratado el “amor de transferencia”, que sucede durante el tratamiento psicoanalítico y genera tanto facilidades como resistencias en la cura. También había descripto el fenómeno del “enamoramiento”, que no es igual al amor, sino una especie de huracán que agita y se apodera del psiquismo. ¿Dónde quedaba el amor propiamente dicho, si ya no era sólo sexo genital ni enamoramiento ni amor de transferencia?

 

Para quienes no están familiarizados con su abundante cuerpo doctrinario puede resultar un galimatías la sucesión de debates en torno de palabras, definiciones y conceptos. Ricardo Moscone, entre nosotros, con un fino procesamiento de los textos originales de Freud, la literatura que los inspiró, la filosofía, la sociología y su propia práctica psicoanalítica, ha señalado con equilibrado espíritu crítico varias confusiones generadas por el mismo Freud –atenazado por su circunstancia–, al extremo de parecer enemigo de sus propias formulaciones originales. No entraré en detalles que abrumarían al público en general. Me limitaré a destacar el interesante desacuerdo de Moscone con asimilar el descubrimiento de la psicosexualidad humana con las referencias platónicas de Eros. Confunde también asimilar la sensualidad placentera del bebe con la sexualidad propia del adulto, por más que en el bebe haya elementos que son el germen, esbozo o precursores de la sexualidad adulta. Debería preservarse la especificidad del término “sexualidad” para el adulto, porque no quita la debida continuidad con las experiencias infantiles y se mantienen nítidas las diferencias. “Una semilla puede llegar a ser una planta –escribe Moscone–, pero es erróneo inferir que es lo mismo que una planta o, basándose en la posibilidad de que una semilla devenga planta, se llame planta o semilla ambas cosas”. Esto no significa negar la sexualidad infantil, sino reconocer su carácter inmaduro, sujeto a una evolución psicofísica.

 

Vuelvo a preguntar: ¿y dónde queda el amor?

 

Freud pareció responder a gran parte del asunto usando la palabra “libido” para designar la energía vinculada con el amor. La meta sería una unión sexual, es cierto, pero aclaraba con énfasis que existen importantes manifestaciones en las que no se realiza la unión sexual, como en el amor a uno mismo, la amistad, los sentimientos fraternales, el amor hacia la humanidad. Después, como hemos señalado, introdujo a Eros, cuya fuerza derivaría de la libido. Eros tiene la misión de conservar lo que vive e impulsar la existencia del universo y todas sus cualidades; pretende conformar unidades cada vez mayores, abrazar cuanto pueda y tratar de mantenerlo hermoso, joven y potente. En una de sus últimas obras reconoce que “Eros es la pulsión de amor”, la cual se opone a la pulsión tanática o de muerte. Son energías en tensión perpetua.

 

En la crítica de Moscone se objeta la expresión “pulsiones de meta inhibida”, para referirse a la atracción entre padres e hijos, la fraternidad, etcétera. La considera inadecuada porque el amor de los padres a los hijos, por ejemplo, no inhibe su verdadera meta, que es hacerlos crecer y madurar. El amor maternal y paternal es casto en su esencia: su meta no apunta a la unión sexual genital, sino al progreso del hijo. El incesto insinuado o consumado es patología. Concluye esta crítica con párrafos que –supongo– habrían agradado a Freud, de haber vivido hoy. Propone, entre otros conceptos, que el amor comprende capacidades y necesidades.

 

Entre las primeras están los sentimientos y conductas hacia la misma especie, que se originaron en la pulsión de vida, manifestada a su vez de dos formas: la conservación de uno mismo y la reproducción. La reproducción se lleva a cabo mediante dos comportamientos también distintos: la relación sexual y la crianza de los hijos. La relación sexual se enlaza “mucho, poquito o nada” con el amor. La crianza de los hijos, en cambio, se funda en el amor casto. De este último deriva una amplia gama de expresiones: amistad, caridad, solidaridad, altruismo, afecto y hasta pasión por los animales, la ciencia, los objetos, el arte, las abstracciones.

 

Las necesidades, por otra parte, son numerosas también. Junto a las potentes –y a menudo perturbadoras– necesidades sexuales, el ser humano requiere ser amado, pertenecer a un grupo y formar parte de la sociedad. Se cría en el seno de un entorno familiar que puede o no estar formado por sus progenitores, pero las vivencias que labra con ellos intervienen en la calidad de sus manifestaciones vinculadas a los sentimientos tiernos o los cargados de odio, las múltiples y variadas peripecias fraternas, el compañerismo, la actitud con los mayores y los ancianos o el establecimiento de organizaciones.

 

En síntesis, el amor, por un lado, es conservador porque se esmera en perpetuar la vida y todo aquello que la rodea; por el otro, es revolucionario porque no cesa de ensayar nuevos recursos, combinaciones y experiencias.

 

El amor excede las fronteras de la ciencia, por ahora. El genio de Freud hizo rodeos y ensayó ardides para atraparlo con palabras, pero el amor, sonriente, aún no se resignó a las rejas de una definición pétrea. Anda abrazado con la sexualidad, pero no es sólo sexualidad, aunque de ella se nutre. Sigue fascinando con el misterio de que la felicidad y la completud se producen cuando uno ama y es amado; cuando fluye el manantial de una poderosa emoción que incluye valoración intensa, respeto, interés, apego, deleite, ayuda y honda consideración por el ser amado.

 

La Nación

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