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Contra la espectacularización de la cultura y por la crítica de arte

septiembre 27, 2007

Bajo el título “La critica de arte sometida a la dictadura de los productores culturales”, el crítico de arte, profesor y periodista mexicano Magno Fernandes dos Reis nos envía el texto de una conferencia (pinche aquí para leerlo íntegro), que pronunciara los próximos días en el I Encuentro Internacional de Postgrados en Estudios de Arte, a realizar en la Universidad Iberoamericana del 1 al 4 de octubre próximos, en la que se manifiesta claramente contra la espectacularización de la cultura. Para Magno Fernandes, “el productor cultural neoliberal y los artistas juntos someten al crítico de arte a los intereses del mercado para atrapar al público… Las secciones y suplementos culturales de los periódicos y revistas olvidan la creatividad, se distancian del público y se apagan, por lo que el artista se encuentra libre para negociar sus opiniones. Esta crítica sin pasión puede llevar el artista a creer que cualquier cosa es obra de arte, …

La crítica de arte tiene que ser defendida del mercado y el público tiene que ser protegido de la crítica, porque la voz del espectador debe ser escuchada… En el mundo global, los productores culturales ejercen influencia sobre el gusto individual del público. Sin embargo, ellos -los productores culturales- no se identifican con la cultura local y se ocultan en palabras como curaduría, crítica de arte, historia, museología. Por otra parte, los productores culturales, están aliados y son patrocinados por las grandes instituciones para la producción de cultura. En esas exposiciones-espectáculo, las vedettes son los lienzos consagrados por el Mercado Internacional del Arte”.

“Hay una relación perversa -continúa Magno- entre los productores culturales, los artistas y los críticos de arte, porque son los productores los que determinan la agenda de los centros culturales y los críticos destinados a escribir los textos propios para el catalogo. Es decir que los productores culturales hacen propuestas artísticas mediante las obras que han sido creadas por otras personas. … Una vez endiosados, los curadores y críticos consiguen todo a través de fundaciones, editoriales, instituciones oficiales y para/oficiales y, de este modo, se convierten en dictadores, pasando de ser críticos de arte a comisarios políticos. Esto ocurre en los medios de comunicación de las principales metrópolis (especializados o no) debido a que los editores de cultura mantienen una relación endogámica con el mundo del negocio del arte. Hay una relación incestuosa entre los Asesores de Comunicación de los Museos y Galerías, y el mundo de la producción (creación) de obras de arte. La publicidad tiene una penetración grande en la producción del conocimiento y de las artes visuales. Antiguamente, había una incompatibilidad ética entre anunciar y escribir un texto de presentación para un catalogo. Pero los centros culturales globalizan no solamente sus exposiciones sino el tedio provocado por las relaciones incestuosas entre coleccionistas e instituciones financieras patrocinadoras. Los medios de comunicación, por su parte, falsifican las exposiciones ya que no es la obra lo que los medios de comunicación nos ofrecen sino una interpretación del evento más que una critica de arte”.

“El crítico de arte -reclama el autor- debe retornar a la obra, porque es importante que la opinión del crítico pueda ser cotejada con la opinión de otro espectador. … La preocupación de los productores culturales es crear estrategias para atraer la mayor cantidad de público posible – y, las estadísticas son más importantes que el texto crítico, o sea, los números legitiman la obra de los artistas… La pérdida y la ausencia de la crítica en los medios de comunicación es un desastre para la cultura, … El arte se ha vuelto dependiente de los intereses comerciales y políticos, debido la política cultural de incentivos a creadores. Las secciones de cultura de los periódicos son medios divulgadores y no espacios para reflexión. ¿Dónde se ejerce el pensamiento crítico en la sociedad contemporánea? Con la ausencia de la crítica en los periódicos y revistas no hay interlocución entre arte y sociedad dificultándose la creación de un gran arte. Lo que observamos en las secciones de cultura de los periódicos y revistas es la repetición mecánica de ideas y principios, y el elogio no especializado, ignorante y miedoso”.

Y concluye: “Existe un imperio de las vacas sagradas representados por los artistas consagrados por el sistema y legitimados por la crítica de arte y el periodismo cultural. La preocupación central de los editores es atender la agenda de entretenimiento y de espectáculo de los productores culturales… Vivimos hoy la “marginalización” de la actividad crítica y la banalización de la noticia cultural … No es necesario que el crítico de arte venza al mercado, pero sí se necesita que no sea sumiso al mercado para mejorar la salud de la cultura y del arte. Tampoco debe subestimar el lector. En las artes visuales se ha formado una elite que compra arte, expone arte y consume arte además de dominar todo lo que se dice sobre las ediciones de arte ¿y qué son las bienales sino espectáculos que atraen a miles de personas con el objeto de legitimar el precio de las obras de arte en las subastas aun cuando la gran mayoría sale insatisfecha? … El gran problema que el periodismo cultural tendrá que enfrentar es su relación promiscua con los departamentos de Marketing de los Centros Culturales. Aquí, la corrupción es sutil e imperceptible ya que los productores culturales compran espacio en los medios de comunicación y ofrecen transporte y estancia para que los periodistas viajen y entrevisten a sus artistas”.

Fte: Arteinformado.com

 

Santiago Kovadloff (ensayista y filósofo)

septiembre 7, 2007

¿En qué anda…

 

En una entrevista con LA NACION, advirtió que nuestras instituciones necesitan afianzarse, “debemos generar un grado de interdependencia entre los adversarios políticos -dijo-, la Argentina está enferma de intolerancia, de autosuficiencia, de la presunción de que el fragmento reemplaza a la totalidad”. Y añadió que “progresar es revertir estos problemas con un alto grado de comprensión sobre el porque de nuestra inactualidad, de nuestra pérdida de protagonismo en el mundo”.

MEXICO: Anatomía de una tentación

septiembre 2, 2007

MEXICO: Anatomía de una tentación.

José María Pérez Gay.

¿Podemos hablar de una norteamericanización de la modernidad? En El Espacio Interior de la Globalización del Capital (Im Weltinnenraum des Kapitals. Suhrkamp Verlag, 2006), Peter Sloterdijk escribió: “En nuestros días ya nadie pone en duda que el capitalismo mundial –aunque tenga un carácter policéntrico– haya elegido ciertos lugares, países y poblaciones. Estados Unidos de Norteamérica se cuenta no sólo entre sus regiones favoritas, sino también ha llegado a ser su domicilio principal. Estados Unidos es el país del mundo moderno que ha constituido –más que ningún otro– un gran espacio de riqueza y prosperidad, representante incuestionable de los procesos de modernización. Aquí se ha construido el palacio de cristal de la nación que recibe a las grandes migraciones”. Así las cosas, podemos afirmar también que –siguiendo la misma argumentación– la mayoría de los habitantes de Estados Unidos tenía no hace mucho tiempo la convicción de sentirse no sólo los agentes de un sistema económico, sino también los portadores de un entusiasmo cuyo nombre irresistible se conoce como The American Dream. La mejor interpretación de ese sueño –que también se llama American Creed– la hizo en su tiempo el escritor Israel Zangwill (1864–1926), autor de la metáfora del Melting Pot, como ha señalado Arthur Schlesinger junior.

Quizá este sueño tuvo en su tiempo tantas definiciones como ciudadanos tenía por ese entonces Estados Unidos. A diferencia de las muchas Letargocracias en el resto del mundo, Estados Unidos era la nación donde cualquiera podía hacer algo nuevo, si quería hacer algo nuevo. De acuerdo con los derechos constitucionales de sus ciudadanos, está presente la expectativa de hallar nuevos espacios que permitieran su ocupación y transformación. Quizá ésta expectativa se llame el “derecho a Occidente” en un sentido no sólo geográfico, ya que Occidente es el símbolo del derecho de pernada sobre la tierra, de las conquistas en territorios desconocidos. Hace unos 150 años se llamaban Oklahoma o California y, en nuestros días, se llaman Irak o la investigación genética, la nanotecnología, la colonización de Marte o la vida artificial.

Los nativos americanos fueron, sin duda, las primeras víctimas, los primeros iraquíes de su historia. La propuesta de John Cadwell Calhoun se convirtió en un principio de la política nacional: el traslado de todos los indígenas al oeste de Mississippi, a los territorios convertidos en reservaciones permanentes. Los iroqueses, cheroquies, wampaanoags, delawares, tuscaroras, narragansetts, yamasíes, senecas, siouxs, hurones, apalaches, susquehannas, todas estas etnias desaparecieron en cruentas batallas, exterminados por la furia de los pioneros o vivieron acosadas por las enfermedades en los guetos llamados reservaciones federales. A partir de 1840, las tierras al oeste de Mississippi fueron arrasadas por traficantes, mineros, jefes militares, granjeros y ferroviarios, quienes lograron persuadir a las autoridades y se repartieron las tierras. Theodore Roosevelt (1858–1919) escribió: “la justicia se encontraba en el grupo de los pioneros, porque este gran continente no habría existido sólo como un gran coto de caza de escuálidos salvajes”. Personajes de la historia estadunidense tan eminentes como John Wintroph, John Adams, Lewis Cass, John Caldwell Calhoun y Thomas Hart Benton afirmaron que una raza primitiva y nómada debía permitir el paso a una civilización cristiana y agricultora. Sus justificaciones las encontraron en innumerables citas bíblicas que, según ellos, demostraban que el pueblo blanco tenía el derecho de pernada sobre la tierra, porque procedía “de acuerdo a las intenciones de Dios todo poderoso”.

De acuerdo con las investigaciones del antropólogo Henry F. Dobyns (Estimating Aboriginal Indian Population, An Appraisal of Techniques with a New Hemisphere Estimate, Current Anthropology, 7. New York, 1966), antes de que los europeos llegaran a Norteamérica los nativos americanos sumaban más de 90 millones de habitantes. La conclusión final a la que llega Dobyns es la siguiente: antes de la llegada de los colonos europeos, el nuevo mundo estaba poblado por unos 90 millones de seres humanos. Una cantidad igual o parecida a la del viejo mundo. Si los cálculos de Dobyns son razonables –y han sido cuidadosamente consideradas por expertos calificados–, hablamos de uno de los exterminios más impresionantes de la historia.

Cuando los nativos americanos empezaron a tener contacto con granjeros, cazadores, pescadores, exploradores y colonos europeos, sucumbieron a la oleada de virulentas epidemias de los siglos XVI y XVII. La viruela, el tifus, la peste bubónica, la gripe, el sarampión, la malaria, la fiebre amarilla diezmaron a millones de seres humanos a lo largo de dos siglos, como sucedió al parecer en menores proporciones durante la conquista de México.

Por ejemplo, la viruela era sin duda la peor, porque en ocasiones volvía con más fuerza la segunda y aun la tercera vez. Al brotar de nuevo la epidemia de viruela desaparecieron poblaciones enteras. No era fácil determinar las densidades de población de los indígenas norteamericanos, las controversias en torno a las poblaciones prehistóricas significaron un dolor de cabeza para los investigadores; pero Dobyns logró demostrar que la población de indígenas en Norteamérica –en los tiempos de la conquista– alcanzaba 9 millones 800 mil habitantes. ¿Qué le sucedió a estos nativos? Los profetas Delaware y Pontiac son los prototipos de jefes indios que se dieron cuenta con una clarividencia casi mágica de la destrucción de sus pueblos por el hombre blanco. Pontiac se convirtió en un gran líder, porque diagnosticó con dolorosa claridad el exterminio de su pueblo en la disputa por las ricas tierras del Medio Oeste.

La respuesta no se hizo esperar: las numerosas bandas de indígenas guerreros se lanzaron a la guerra, asolaron las tierras fronterizas y abrieron el camino de su propia destrucción; los colonos abandonaban distritos enteros pues muchos habían muerto bajo el golpe de las hachas tomahawk y las hogueras que arrasaban las casas y los campos. Ante los ataques indígenas, los valles de los Apalaches fueron abandonados en 1767. A principios de la década de 1900, la población indígena de Estados Unidos se había reducido a unos 250 mil habitantes. A principios de la década de 1970, según las estimaciones de los antropólogos, eran unos 700 mil habitantes. Los nativos americanos no sólo fueron víctimas de las epidemias sino también del fuego de los ejércitos y los colonos. Se trata sin duda de uno más de los muchos genocidios de la historia moderna.

Hacia 1845, John L. O. Sullivan, director del United States Magazine and Democratic Review, al resumir la opinión pública de la gran mayoría de los estadunidenses, escribió ante la anexión de Texas: “las naciones europeas han intentado contrarrestar nuestra política y obstaculizar nuestro poder, limitar nuestra grandeza e impedir el cumplimiento de nuestro destino manifiesto, que significa extendernos por todo el continente para conseguir el desarrollo de millones de personas que se multiplican todos los años”.

Resultado de las tendencias expansionistas y anexionistas ante los países fronterizos, la doctrina del destino manifiesto no fue sino la ideología dominante en los años de la presidencia de James Wood Polk (1845–1849), justificación de la disputa existente con Gran Bretaña por el territorio de Oregon y la anexión de los territorios mexicanos después de la guerra. La traslación tipológica de la idea-creencia de pueblo elegido desde su contexto bíblico al universo político y económico norteamericano, su antropocentrismo teológico, el peligro que significaba modificar el dogma tradicional: el hombre existe para la gloria de Dios por la herejía moderna de que Dios existe para la gloria del hombre.

La mayoría de los manifiestos políticos son una mezcla de tedio y nostalgia. Por un momento, tal vez despiertan verdadero entusiasmo, pero una vez desaparecida su causa inmediata la retórica suena estridente y ampulosa a los oídos de la posteridad. Las excepciones a la regla son escasas. El documento titulado The Unanimous Declaration of the Thirteenth United States of America conserva, como el primer capítulo del mismo manifiesto del partido comunista, gran parte de su fuerza original. Quizá leído hoy es el testimonio más preciso de cómo la idea del “pueblo elegido” –una suerte de superación protestante del carácter excepcional del judaísmo– se convierte en el proyecto del destino manifiesto; sin embargo, ser elegido no es sino la declinación anglo-norteamericana –sostiene Sloterdijk– de la invención europea de la subjetividad, que describe el suceso de la transformación –dentro de la vida común y corriente– en sujetos llamados a participar en una misión íntima, nacional e irrepetible; es también el password, la contraseña norteamericana para desencadenar la acción y participar en el escenario mundial.

(Fuente: La Jornada).