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El bien, el mal y las ciencias de la vida

octubre 2, 2007

Se diría que este título sirve de pórtico para una reflexión o estudio –uno más y van incontables- de ética de la vida, bioética o similar. Nada más lejos de mi intención. Este ensayito es epistemológico (1).

La Ética, antaño clara y poderosa, es ahora controvertida y al minimizarse o debilitarse (2), se diluye en discusión casuística de perfil bajo o en una ordenada taxonomía de valores y disvalores –la axiología- al estilo de Max Scheler y ahora, aquí, Javier Echeverría.

La ética débil es una ciencia estéril, de salón de té o bar de facultad, subordinada en la praxis a la ley positiva, que a fuerza de esforzarse por distanciarse de la Moral, se ha quedado en un mero ejercicio de aparentes buenas maneras, muy hipócrita a veces y en otros casos, bastante rastrero, interesado y superficial.

La Epistemología, por el contrario, se ocupa del fondo y desdeña la forma. Le importa la veracidad –lo científico- y la Verdad –lo metafísico-, y se deja de zarandajas y de normas para el parque humano, Sloterdijk dixit (3).

Y del parque o zoo humano vamos a tratar, porque en eso quieren convertirnos, en sobjetos, como diría Vicente Verdú (4) pero desde una perspectiva diferente. Aquí de lo que se trata de averiguar es que tiene el hombre de bueno y que de perverso, donde se hallan esas raíces, cual es el sentido de la naturaleza humana y en realidad que hace que seamos como somos o como no somos.

El hombre como animal

El ser humano es animal más moderno. Su posición taxonómica en la escala zoológica no ofrece dudas. La resumimos en el cuadro siguiente;

REINO Animalia
GRADO Metazoa
PHYLUM Cordatha
SUBPHYLUM Vertebratha
SUPERCLASE Tetrápoda
CLASE Mamalia
SUBCLASE Theria
INFRACLASE Eutheria
ORDEN Primates
SUBORDEN Haplorhini
SUPERFAMILIA Hominoidea
FAMILIA Hominidae
GÉNERO Homo
ESPECIE Homo sapiens
SUBESPECIE Homo sapiens sapiens

La posición animal del Hombre la determina la Antropología biológica que define una instancia cualitativamente superior de la antropología física (O’Rourkey y Petersen, 1983) cuyo inicio data de la segunda mitad del siglo XX. No hay unicidad de criterios con respecto a su utilización.

Desde una concepción que prácticamente la asimila a la biología humana (Harrison et al, 1971) es incluida en la fundamentación del método experimental (Pucciarelli, 1974) y termina por ocupar una posición central en los estudios de variabilidad poblacional (Bennet, 1979). No obstante, se advierte una tendencia no fluctuate sino progresiva a un reemplazo terminológico y conceptual.

Dentro de la antropología biológica pueden ser delimitados cuatro grandes núcleos temáticos, que según esta perspectiva constituyen el objeto de la disciplina antropobiológica.

Los referenciales a emplear son (Teoría de las Ciencias Humanas):
1) Evolución.
2) Adaptación.
2) Filogenia
3) Ontogenia

La combinación resultante origina:

1a) Evolución Filogenética: abarca todo lo referente a la evolución homínida en su aspecto biológico y a los criterios necesarios para su compresión.
1b) Evolución Ontogénica: comprende el estudio del crecimiento y desarrollo individual (como parte de la intravariación) y sus diferencias poblacionales.
2a) Adaptación Filogenética: comprende al conjunto de procesos genético-adaptativos sobre poblaciones actuales y extinguidas.
2b) Adaptación Ontogenénica: esta forma de adaptación se diferencia de la anterior porque las modificaciones fenotípicas a estudiar no son transmisibles a la descendencia por no afectar la constitución genética individual. Puede hablarse de adaptación extragenética o fisiológica, porque comienza con el origen del individuo y no de la población.

Existe considerable interacción entre los núcleos delimitados, dando origen a superposiciones (bordes temáticos) que son especialmente críticos cuando es combinado un núcleo evolutivo con un núcleo adaptativo.

Bien queridos lectores, profundicen en estos conceptos expuestos, y verán como el hombre si es un animal, pero ¿por qué a su condición animal probada se le adjetiva tanto? Animal racional, animal simbólico, animal pensante, animal religioso, animal politico, animal óptico, animal cultural, animal constructor, animal social, animal económico…

Los adjetivos vienen de que la definición puramente animal del hombre es incompleta. Y sobre todo parcial. Y lo decimos en ambos sentidos: porque se queda corta y porque la sostienen tan sólo una parte de los pensadores actuales, parte importante hay que reconocerlo pero parte al fin y al cabo: los que defienden el reduccionismo materialista en biología (5).

¿Por donde piensan que irá esto?

Piensen que todo parte de la reflexión de Ken Wilber sobre la capacidad e incluso voluntad autodestructora de algunos hombres en relación con su propia especie. Y yo me pregunto ¿el viejo canibalismo ritual no habrá dado paso a un canibalismo más sutil, no antropofágico, cuyo fin es la muerte tácitamente de unos para que otros sobrevivan?

Notas al margen

(1) La epistemología es el estudio de la producción y validación del conocimiento científico. Se ocupa de problemas tales como las circunstancias históricas, psicológicas y sociológicas que llevan a su obtención, y los criterios por los cuales se lo justifica o invalida.
Muchos autores franceses e ingleses, identifican el término “epistemología” con lo que en español se denomina gnoseología o “teoría del conocimiento”, rama de la filosofía que se ocupa del conocimiento en general: el ordinario, el filosófico, el científico etc. De hecho, la palabra inglesa “epistemology” se traduce al español como “gnoseología”. Pero aquí consideraremos que la epistemología se restringe al conocimiento científico.
Por otra parte, se suele identificar la epistemología con la filosofía de la ciencia, pero se puede considerar a la filosofía de la ciencia como más amplia que la epistemología. Algunas suposiciones que son discutidas en el marco de la filosofía de la ciencia no son cuestionadas por la epistemología, o bien se considera que no influyen en su objeto de estudio. Por ejemplo, la pregunta metafísica de si existe una realidad objetiva que pueda ser estudiada por la ciencia, o si se trata de una ilusión de los sentidos, es de interés en la filosofía de la ciencia, pero muchos epistemólogos asumen que sí existe, o bien consideran que su respuesta afirmativa o negativa es indiferente para la existencia de métodos de obtención de conocimiento o de criterios de validación de los mismos.
También se puede diferenciar la epistemología de una tercera disciplina, más restringida que ella: la metodología. El metodólogo no pone en tela de juicio el conocimiento ya aceptado como válido por la comunidad científica, y se concentra en la búsqueda de estrategias para ampliar el conocimiento. Por ejemplo, la importancia de la estadística está fuera de discusión para el metodólogo, pues constituye un camino para construir nuevas hipótesis a partir de datos y muestras. En cambio, el epistemólogo a la vez podría cuestionar el valor de esos datos y muestras, y de la misma estadística.

(2) La postmodernidad, lo que queramos o no hoy predomina, es una especie de ‘babel informativa’, donde la comunicación y los medios adquieren un carácter central. La postmodernidad marca la superación de la modernidad dirigida por las concepciones unívocas de los modelos cerrados, de las grandes verdades, de fundamentos consistentes, de la historia como huella unitaria del acontecer. La postmodernidad abre el camino, según algunos ilusos o perversos, a la tolerancia, a la diversidad. Es el paso del pensamiento fuerte, metafísico, de las cosmovisiones filosóficas bien perfiladas, de las creencias verdaderas, al pensamiento débil, a una modalidad de nihilismo débil, a un pasar despreocupado y, por consiguiente, alejado de la acritud existencial, es decir al mundo espumoso del vale todo mientras no te pillen y si lo hacen, dispón de dinero, el valor supremo de estos tiempos. Las ideas de la postmodernidad y del pensamiento débil están estrechamente relacionadas con el desarrollo del escenario multimedia, con la toma de posición mediática en el nuevo esquema de valores (más bien desvalores) y relaciones.

(3) Véase Sloterdijk, Peter, Normas para el parque humano, Ediciones Siruela, Madrid, 2000. Conferencia pronunciada en el Castillo de Elmau, Baviera, en julio de 1999 y publicada en Die Zeit ese mismo año. En él se advierte una melancólica declaración sobre el fracaso del humanismo como utopía de la domesticación humana mediante la lectura, ante las nuevas técnicas de agitación y desinhibición de las masas. El libro ha sido atacado por un supuesto flirteo con el vocabulario nazi y con las peligrosas fantasías de Nietzsche acerca del superhombre, así como con las ideas de Platón sobre el Estado como parque zoológico humano, donde una elite de sabios planifica la vida de los hombres como si de una empresa se tratara. Este ensayo se aborda de una manera peligrosa por imprecisa, la nueva realidad biotecnológica y propone a la filosofía la urgente tarea que de ella se deriva: repensar la esencia de lo humano más allá de los corsés impuestos por la cultura humanística. Es un monumento postmoderno a la animalización y reducción del hombre aunque contiene aspectos que pese a su cinismo, resultan interesantes.

(4) Véase Verdú, Vicente, Yo y tú, objetos de lujo. El personismo: la primera revolución cultural del siglo XIX, Debolsillo, Barcelona, 2007.

(5) Véase sobre todo a los inefables Richard Dawkins y Daniel Dennett

 

 

Javier Del Arco

 

Fte: Tendencias 21

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MEXICO: Anatomía de una tentación

septiembre 2, 2007

MEXICO: Anatomía de una tentación.

José María Pérez Gay.

¿Podemos hablar de una norteamericanización de la modernidad? En El Espacio Interior de la Globalización del Capital (Im Weltinnenraum des Kapitals. Suhrkamp Verlag, 2006), Peter Sloterdijk escribió: “En nuestros días ya nadie pone en duda que el capitalismo mundial –aunque tenga un carácter policéntrico– haya elegido ciertos lugares, países y poblaciones. Estados Unidos de Norteamérica se cuenta no sólo entre sus regiones favoritas, sino también ha llegado a ser su domicilio principal. Estados Unidos es el país del mundo moderno que ha constituido –más que ningún otro– un gran espacio de riqueza y prosperidad, representante incuestionable de los procesos de modernización. Aquí se ha construido el palacio de cristal de la nación que recibe a las grandes migraciones”. Así las cosas, podemos afirmar también que –siguiendo la misma argumentación– la mayoría de los habitantes de Estados Unidos tenía no hace mucho tiempo la convicción de sentirse no sólo los agentes de un sistema económico, sino también los portadores de un entusiasmo cuyo nombre irresistible se conoce como The American Dream. La mejor interpretación de ese sueño –que también se llama American Creed– la hizo en su tiempo el escritor Israel Zangwill (1864–1926), autor de la metáfora del Melting Pot, como ha señalado Arthur Schlesinger junior.

Quizá este sueño tuvo en su tiempo tantas definiciones como ciudadanos tenía por ese entonces Estados Unidos. A diferencia de las muchas Letargocracias en el resto del mundo, Estados Unidos era la nación donde cualquiera podía hacer algo nuevo, si quería hacer algo nuevo. De acuerdo con los derechos constitucionales de sus ciudadanos, está presente la expectativa de hallar nuevos espacios que permitieran su ocupación y transformación. Quizá ésta expectativa se llame el “derecho a Occidente” en un sentido no sólo geográfico, ya que Occidente es el símbolo del derecho de pernada sobre la tierra, de las conquistas en territorios desconocidos. Hace unos 150 años se llamaban Oklahoma o California y, en nuestros días, se llaman Irak o la investigación genética, la nanotecnología, la colonización de Marte o la vida artificial.

Los nativos americanos fueron, sin duda, las primeras víctimas, los primeros iraquíes de su historia. La propuesta de John Cadwell Calhoun se convirtió en un principio de la política nacional: el traslado de todos los indígenas al oeste de Mississippi, a los territorios convertidos en reservaciones permanentes. Los iroqueses, cheroquies, wampaanoags, delawares, tuscaroras, narragansetts, yamasíes, senecas, siouxs, hurones, apalaches, susquehannas, todas estas etnias desaparecieron en cruentas batallas, exterminados por la furia de los pioneros o vivieron acosadas por las enfermedades en los guetos llamados reservaciones federales. A partir de 1840, las tierras al oeste de Mississippi fueron arrasadas por traficantes, mineros, jefes militares, granjeros y ferroviarios, quienes lograron persuadir a las autoridades y se repartieron las tierras. Theodore Roosevelt (1858–1919) escribió: “la justicia se encontraba en el grupo de los pioneros, porque este gran continente no habría existido sólo como un gran coto de caza de escuálidos salvajes”. Personajes de la historia estadunidense tan eminentes como John Wintroph, John Adams, Lewis Cass, John Caldwell Calhoun y Thomas Hart Benton afirmaron que una raza primitiva y nómada debía permitir el paso a una civilización cristiana y agricultora. Sus justificaciones las encontraron en innumerables citas bíblicas que, según ellos, demostraban que el pueblo blanco tenía el derecho de pernada sobre la tierra, porque procedía “de acuerdo a las intenciones de Dios todo poderoso”.

De acuerdo con las investigaciones del antropólogo Henry F. Dobyns (Estimating Aboriginal Indian Population, An Appraisal of Techniques with a New Hemisphere Estimate, Current Anthropology, 7. New York, 1966), antes de que los europeos llegaran a Norteamérica los nativos americanos sumaban más de 90 millones de habitantes. La conclusión final a la que llega Dobyns es la siguiente: antes de la llegada de los colonos europeos, el nuevo mundo estaba poblado por unos 90 millones de seres humanos. Una cantidad igual o parecida a la del viejo mundo. Si los cálculos de Dobyns son razonables –y han sido cuidadosamente consideradas por expertos calificados–, hablamos de uno de los exterminios más impresionantes de la historia.

Cuando los nativos americanos empezaron a tener contacto con granjeros, cazadores, pescadores, exploradores y colonos europeos, sucumbieron a la oleada de virulentas epidemias de los siglos XVI y XVII. La viruela, el tifus, la peste bubónica, la gripe, el sarampión, la malaria, la fiebre amarilla diezmaron a millones de seres humanos a lo largo de dos siglos, como sucedió al parecer en menores proporciones durante la conquista de México.

Por ejemplo, la viruela era sin duda la peor, porque en ocasiones volvía con más fuerza la segunda y aun la tercera vez. Al brotar de nuevo la epidemia de viruela desaparecieron poblaciones enteras. No era fácil determinar las densidades de población de los indígenas norteamericanos, las controversias en torno a las poblaciones prehistóricas significaron un dolor de cabeza para los investigadores; pero Dobyns logró demostrar que la población de indígenas en Norteamérica –en los tiempos de la conquista– alcanzaba 9 millones 800 mil habitantes. ¿Qué le sucedió a estos nativos? Los profetas Delaware y Pontiac son los prototipos de jefes indios que se dieron cuenta con una clarividencia casi mágica de la destrucción de sus pueblos por el hombre blanco. Pontiac se convirtió en un gran líder, porque diagnosticó con dolorosa claridad el exterminio de su pueblo en la disputa por las ricas tierras del Medio Oeste.

La respuesta no se hizo esperar: las numerosas bandas de indígenas guerreros se lanzaron a la guerra, asolaron las tierras fronterizas y abrieron el camino de su propia destrucción; los colonos abandonaban distritos enteros pues muchos habían muerto bajo el golpe de las hachas tomahawk y las hogueras que arrasaban las casas y los campos. Ante los ataques indígenas, los valles de los Apalaches fueron abandonados en 1767. A principios de la década de 1900, la población indígena de Estados Unidos se había reducido a unos 250 mil habitantes. A principios de la década de 1970, según las estimaciones de los antropólogos, eran unos 700 mil habitantes. Los nativos americanos no sólo fueron víctimas de las epidemias sino también del fuego de los ejércitos y los colonos. Se trata sin duda de uno más de los muchos genocidios de la historia moderna.

Hacia 1845, John L. O. Sullivan, director del United States Magazine and Democratic Review, al resumir la opinión pública de la gran mayoría de los estadunidenses, escribió ante la anexión de Texas: “las naciones europeas han intentado contrarrestar nuestra política y obstaculizar nuestro poder, limitar nuestra grandeza e impedir el cumplimiento de nuestro destino manifiesto, que significa extendernos por todo el continente para conseguir el desarrollo de millones de personas que se multiplican todos los años”.

Resultado de las tendencias expansionistas y anexionistas ante los países fronterizos, la doctrina del destino manifiesto no fue sino la ideología dominante en los años de la presidencia de James Wood Polk (1845–1849), justificación de la disputa existente con Gran Bretaña por el territorio de Oregon y la anexión de los territorios mexicanos después de la guerra. La traslación tipológica de la idea-creencia de pueblo elegido desde su contexto bíblico al universo político y económico norteamericano, su antropocentrismo teológico, el peligro que significaba modificar el dogma tradicional: el hombre existe para la gloria de Dios por la herejía moderna de que Dios existe para la gloria del hombre.

La mayoría de los manifiestos políticos son una mezcla de tedio y nostalgia. Por un momento, tal vez despiertan verdadero entusiasmo, pero una vez desaparecida su causa inmediata la retórica suena estridente y ampulosa a los oídos de la posteridad. Las excepciones a la regla son escasas. El documento titulado The Unanimous Declaration of the Thirteenth United States of America conserva, como el primer capítulo del mismo manifiesto del partido comunista, gran parte de su fuerza original. Quizá leído hoy es el testimonio más preciso de cómo la idea del “pueblo elegido” –una suerte de superación protestante del carácter excepcional del judaísmo– se convierte en el proyecto del destino manifiesto; sin embargo, ser elegido no es sino la declinación anglo-norteamericana –sostiene Sloterdijk– de la invención europea de la subjetividad, que describe el suceso de la transformación –dentro de la vida común y corriente– en sujetos llamados a participar en una misión íntima, nacional e irrepetible; es también el password, la contraseña norteamericana para desencadenar la acción y participar en el escenario mundial.

(Fuente: La Jornada).

El capitalismo, estúpidos, el capitalismo. Entrevista con Zizek

agosto 7, 2007

El capitalismo, estúpidos, el capitalismo

Entrevista con Slavoj Žižek
Sonia Arribas y Howard Rouse

Zizek - Psikeba

 

Comencemos hablando de tus más recientes publicaciones: ensayos introductorios a los discursos y escritos de Robespierre y Mao (Verso, 2007). En estos textos mantienes –como ya hiciste anteriormente con Lenin– que, en cierto modo, hoy día tenemos que «repetir» los gestos revolucionarios de estas dos figuras. ¿Por qué?

 

Es muy simple: son las figuras revolucionarias por antonomasia. Y Mao es la última gran figura. Grande en el sentido de que realmente llevó a cabo una revolución. En una situación como la nuestra, en la que la izquierda no puede hacer mucho, lo importante es mirar al pasado y ver qué es lo que estuvo bien –los grandes momentos emancipadores–, y también lo que salió mal. El éxito y el fracaso son inseparables. Se trata de aislar el momento emancipador, pero analizando al mismo tiempo por qué fracasó de una forma terrible. Por consiguiente, cuando digo «repetir» –ya lo expliqué en el libro sobre Lenin– soy muy preciso; uso esta palabra no en el sentido literal de «hacer lo mismo»; lo que está en juego es más bien el plano teológico de la repetición: Kierkegaard, Walter Benjamin… Es decir, las cosas se repiten porque fracasan. Haces algo mal y tienes que repetirlo para que la segunda vez salga bien. Yo sigo siendo marxista en un sentido irónico: ¿acaso los mejores libros marxistas no son siempre historias sobre un fracaso? Por ejemplo: Trotsky escribió sobre el fracaso de la revolución de Octubre, Marx sobre las causas del malogro de la comuna de París… Siempre se trata de narrar un fracaso; más aún, se trata de corregir los errores. Por ejemplo, a propósito de Lenin, yo no soy uno de esos trotskistas que sueñan que si Lenin hubiera sobrevivido dos años más y hubiese pactado con Trotsky, todo habría ido bien. Eso no es cierto: habrían tenido que enfrentarse a los mismos problemas, la misma situación… Y soy extremadamente crítico con Mao. Mi amigo, el maoísta Alain Badiou, me escribió una carta feroz en la que me atacaba brutalmente porque no le había gustado nada mi ensayo de presentación de los textos de Mao, donde escribo que la verdadera revolución cultural es hoy el capitalismo, que lo que Mao intentó hacer fracasó miserablemente frente al capitalismo.

 

Zizek

 

 

A diferencia de los tópicos liberales o conservadores que sostienen que cualquier deseo de cambio acabará necesariamente en el Gulag, afirmas que Robespierre y Mao fracasaron porque no fueron lo suficientemente radicales. Ni la revolución jacobina de Robespierre ni la cultural de Mao llegaron verdaderamente a intervenir en el nivel de la economía; ambas se quedaron en el nivel de la «pura política». Sugieres incluso que la ferocidad de estas revoluciones fue un síntoma de su fracaso en la transformación de la economía.

 

En el nuevo libro que estoy escribiendo (In Defense of Lost Causes, Verso, 2007) repito irónicamente incluso a Brecht, quien dijo, a propósito de un espíritu malo en un poema japonés, que lo difícil es ser verdaderamente malo. Es decir, lo difícil es ser verdaderamente violento en la historia. Todas las grandes explosiones de violencia que conocemos son fundamentalmente signos de impotencia, fracasos. La furia jacobina (con toda la simpatía que siento por ella –y nadie me va a despojar de mi jacobinismo–) fue tan sólo eso: furia, impotencia. Si tratamos de imponer la igualdad sin cambiar las condiciones económicas, todo lo que hacemos es explotar con furia. Lo mismo le pasó a Mao, e incluso a Stalin. ¿Fueron las grandes purgas estalinistas –tal y como dirían hoy los anticomunistas– el divertimento de un amo supremo? No, la verdad es que el sistema generaba un estado de pánico total. Es interesantísimo leer los nuevos libros que van saliendo sobre el estalinismo, basados en los archivos que se han abiertos recientemente. En ellos se ve que la atmósfera que se respiraba en los niveles superiores de la nomenclatura era de pánico. No había nada de transparencia, nada estaba bajo su control, no sabían lo que estaban haciendo.

 

Regresemos a Mao: a pesar de tus críticas, aprecias muchos de sus logros. Por ejemplo, a diferencia de la ortodoxia marxista –que siempre enfatizó el papel central del proletariado– Mao logró la movilización masiva del campesinado, una clase generalmente considerada conservadora o, cuando menos, apática. ¿Hay equivalentes contemporáneos de ese campesinado de Mao? ¿Quizá el «proletariado informal» de las favelas que describe Mike Davis en Planeta de las ciudades miseria (Akal, 2007)?

 

Para cualquier persona de izquierdas seria, las ciudades miseria y las favelas tienen que ser hoy una fuente de esperanza utópica. Son un fenómeno extremadamente interesante. Estamos hablando de grandes grupos de gente junta, pero no unida por ningún tipo de vínculo religioso o ideológico. Hoy está muy de moda decir –el último Deleuze lo sostuvo en su desarrollo de Foucault– que la sociedad contemporánea ya no se basa en la represión directa, sino en el control, el registro, la administración… El control se incrementa: pensad en Estados Unidos, no creo que haya habido nunca en la historia de la humanidad una sociedad que controlase tanto y con tanto detalle a sus ciudadanos. En las favelas o ciudades miseria el estado ultracontrolador se retira de una parte considerable de su territorio. Los que allí viven son los que Agamben llamaría homini sacer. Son zonas extensas que se están quedando fuera de la soberanía estatal. Ernesto Laclau me ataca en uno de sus textos diciendo que idealizo las favelas, que son realmente lugares de miseria y criminalidad, pero yo soy perfectamente consciente de esa realidad de mafia, economía sumergida, drogas y, en el mejor de los casos, fundamentalismo religioso. Lo que ocurre es que no son sólo eso. La prueba es Hugo Chávez.

 

¿Chávez?

 

Sí, aunque tenga serios problemas con él y no me cuente entre quienes lo ensalzan completamente. Pongamos entre paréntesis los detalles cómicos –el que salga como un payaso en la televisión tres horas todos los domingos, etc.–, eso es lo de menos. Su política exterior es hasta cierto punto una catástrofe. Su acercamiento a Irán y Bielorrusia es una locura. Pero, a pesar de todo esto, creo que ha hecho dos o tres cosas interesantes e importantes. Su primer gran logro (algo que no vale para nuestros países, pero que es crucial en el contexto del Tercer Mundo) fue la movilización política de las favelas, que lo salvaron del intento del golpe de estado. Conozco a gente que lo conoce personalmente y me han dicho que a él mismo le sorprendió. Es decir, no conozco ningún otro movimiento político hoy que haya tenido éxito en la organización y la politización de los excluidos de las ciudades miseria. En Brasil, por ejemplo, y hasta donde yo sé, las favelas están más o menos despolitizadas, llenas de fanáticos religiosos, gángsteres, mafiosos, etc. Hay cierta actitud defensiva, pero no una verdadera politización.

slavoj zizek

El segundo gran logro de Chávez es que, al tiempo que obedece formalmente, más o menos, las reglas de la democracia, también trata de conseguir una movilización política de la gente que evite la necesidad de una organización bajo la forma del partido. Pero, tal y como predije, no puede evitarla completamente: según las últimas noticias Chávez ha constituido un partido. Negri y Badiou se van a horrorizar. ¿No dicen que la forma partido es algo del pasado? Pero, por supuesto, ahora se le viene encima el verdadero problema. Bajo una presión económica grave –boicots, escasez de comida…– tendrá que tomar medidas económicas serias; a partir de ahora se va a dar de bruces con el límite.

 

 

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fte: Círculo de Bellas Artes

El paraíso terrenal es un ideal totalitario

julio 29, 2007

por Tzvetan Todorov

 

“No soy un filósofo”, dice con voz suave y pausadamente el reconocido ensayista y lingüista Tzvetan Todorov en el café de la Contrescarpe. “Me apasiono por cuestiones de política, de moral, de sociedad, de interpretación de la historia… Filósofo es una gran palabra.”

 

Nacido en Bulgaria, en 1939, Todorov vino a París en 1963 para hacer un doctorado. “Bulgaria era un país que formaba parte del bloque comunista, atado a la política soviética… Un régimen totalitario. Pero no me exilié. Llegué a Francia como estudiante”, recuerda.

 

Todorov, para el que no existen los paraísos en la Tierra, dice tener varias vidas. La primera, durante su niñez, adolescencia y juventud, en Bulgaria. Luego, su vida parisiense, en la que mutó lentamente hasta adoptar las características de la vida francesa. Y esta segunda vida tuvo varias subdivisiones, como se ve en sus trabajos.

 

“Hasta 1980, todos mis escritos fueron sobre temas de literatura y lenguaje. Traduje al francés los textos de los formalistas rusos y formaba parte del movimiento estructuralista, en lo que concierne a los estudios literarios y a la teoría general del lenguaje y de los símbolos”, relata, y añade que poco a poco se fue produciendo un cambio en su persona.

 

“Un cambio en mi espíritu, relacionado con el hecho de que ya no vivía más en mi país de origen. En Bulgaria, ocuparse de la ideología o de todo lo que de cerca o de lejos se asemejaba a la ideología era una actividad peligrosa. O bien se vendía el alma y uno se sometía a las exigencias impuestas desde afuera o bien se ponía en peligro el alma porque se afirmaban cosas consideradas heréticas o inaceptables que podían llevar a la exclusión de la comunidad científica o de la comunidad, incluyendo la prisión.”

 

Más de una década después de haber llegado a Francia, Todorov comenzó a reaccionar de diferente manera a su trabajo. Ya no necesitaba estar “alejado de toda interrogación sobre la ideología, sobre las consecuencias públicas y sociales, porque ya no vivía en una sociedad dictatorial y totalitaria, sino en una democracia en donde podía decir lo que quería”.

 

Y escribir lo que quisiera? “Es una explicación un poco marxista la que daré, ya que fue mi condición de existencia lo que transformó mi pensamiento”, sostiene Todorov entre sorbo y sorbo de un jugo de naranja.

 

Durante la hora de charla que mantuvo con LA NACION, Todorov explicó cómo encuentra un poco de amor cuando cocina y cómo, a pesar de su poco optimismo sobre un mañana mejor, aprovecha cada instante de su existencia para sentirse feliz y realizado.

 

-Cuando comprendió que podía escribir y pensar lo que quisiera, ¿qué fue lo que comenzó a llamar su atención?

 

-Ya no quería limitarme a la teoría de los textos, sino poner mi comprensión al servicio de una reflexión que concerniera a la vida común de la sociedad. Se me impusieron varios temas que estaban más bien vinculados con mi identidad. El primero fue la pluralidad de culturas, tema al cual todo exiliado es inevitablemente sensible. Era sensible a eso por mi propia experiencia, pero no sabía cómo abordarla en mi trabajo. Fue en un viaje a México donde encontré la forma: estudiar el encuentro excepcional que significó el primer siglo del descubrimiento de Colón. En “La conquista de América” hice un estudio de los escritos españoles e indios que describían la percepción del otro. Luego estudié la tradición francesa sobre esa temática en el libro “Nosotros y los otros”. Fue una historia no totalmente cerrada en el período estudiado. Quería servirme de la historia de las ideas como un diálogo con el pasado para reflexionar sobre el presente. Este es uno de los grandes temas que continúan preocupándome. El segundo tema que se me impuso es la oposición entre totalitarismo y democracia. Intenté utilizar mis conocimientos sobre la historia europea para ponerlos al servicio de la comprensión del presente y de una reflexión moral, política y estética del presente. Los temas cambiaron desde entonces, pero de esta misma manera continúo abordando el mundo presente.

 

-Se fue acercando cada vez más al presente en sus temas de estudio?

 

-En los últimos años publiqué dos libros que son cada vez de más actualidad, “Memoria del mal, tentación del bien” y “El nuevo desorden mundial”. Probablemente la próxima vez escriba sobre el día de ayer. [Se ríe.]

 

En “Memoria del mal, tentación del bien” reflexionó sobre los orígenes del totalitarismo. ¿Cómo lo explica en los tiempos modernos?

 

-El totalitarismo mutó de modo muy importante en la modernidad, desde fines del siglo XVIII, con las revoluciones en los Estados Unidos y en Francia. Cesó el sometimiento a la tradición, se dejó de considerar que son Dios o nuestros ancestros los que nos dictan nuestras maneras de conducirnos y, en cambio, se propuso, e incluso se impuso, que fueran los seres humanos los que decidieran sobre su propio destino. En el seno de esta mutación moderna, el totalitarismo creció como una forma extrema.

 

-Pero ¿cómo nació, con ideas que parecían de signo contrario?

 

-Nació de la nostalgia. El totalitarismo es un intento por restablecer características de la sociedad de ayer en un marco moderno y de someter nuevamente al individuo al grupo e imponer valores únicos a toda la sociedad. Es una especie de proyecto que hoy sabemos que es imposible y trágico. Evidentemente, esta expresión quería corregir los “defectos” de la modernidad. La modernidad tiene defectos: en democracia no vivimos obligatoriamente felices, pero descubrimos con las amargas experiencias totalitarias que el remedio de imponer por la fuerza estas soluciones es un remedio peor que el mal. La democracia no trae soluciones, pero el nazismo, el comunismo y las dictaduras son aún peores que el mal del que nos querían curar.

 

-¿Cree en la democracia como panacea?

 

-No es una respuesta universal: para demostrarlo, están las guerras europeas de fines del siglo XX, que se produjeron fuera del sistema totalitario. Las estudié a la luz de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki: de cierta manera, creo que es la continuidad de una misma línea, que me parece muy peligrosa y que la guerra de Irak ilustró nuevamente. Es una perversión del espíritu de la democracia, pero no por ello es totalitarismo. En el horizonte del corto y mediano plazo, que es el lapso que podemos abarcar, no veo qué alternativa global puede sustituir al régimen democrático.

 

-¿La democracia sufre perversiones?

 

-La democracia se basa en la idea de igualdad de derechos de todos sus miembros, pero sabemos que, en cualquier país, la igualdad ante la ley no es verdaderamente respetada, ni la igualdad entre los hombres y las mujeres ni la igualdad entre la gente de color diferente, etcétera. Son desigualdades sociales, cosas contra las cuales es indispensable luchar todos los días. Podríamos analizar todas las ideas generales de la democracia y veríamos que se puede llegar mucho más lejos de lo que llegamos. Soy consciente de que la democracia puede ser pervertida.

 

-¿Se puede imponer la democracia?

 

-Este intento de imponer el bien a los otros por la fuerza no produce los resultados esperados. Basta con mirar los casos de Afganistán o de Irak. Es claro que no se instauró la democracia, aunque haya sido el objetivo declarado, y hoy se está, quizá, más lejos de lo que se estaba hace diez años. Pero hay otros problemas, para los cuales no conocemos soluciones. Uno de los problemas estructurales de la democracia es el olvido de los fines y la sacralización de los medios. Cuando uno se ubica en una perspectiva histórica se ve ese gran cambio en la sociedad antigua. La finalidad, el fin, estaba siempre más allá del mundo humano y terrestre. Había que actuar bien para ser dignos de un ideal que nos transmitía una tradición inmemorial, que se decía inspirada directamente por Dios y los profetas.

 

-Desde un punto de vista histórico, ¿cuándo se sacralizaron los medios?

 

-La revolución de la modernidad consistió en sustituir la búsqueda de la finalidad divina por otra totalmente humana. Como se dijo mucho en el siglo XVIII, la felicidad sustituyó a la salvación. De la vida de un buen cristiano, se dejó de lado la salvación y se quiso afirmar el derecho de los hombres y mujeres a la felicidad. Y no sólo a través de lo material, porque el dinero no es suficiente para hacer la felicidad. La felicidad nace de cierta relación humana, de un tipo de inserción del individuo en su entorno humano.

 

-Según su opinión, ¿hoy estamos perdiendo de vista los fines?

 

-Hacemos las cosas simplemente porque controlamos muy bien los medios. Por ejemplo, la economía: es un medio para producir riqueza, pero no debería ser sólo para producir riqueza, sino para hacer que los seres humanos fueran más felices y estuvieran más satisfechos con sus vidas. Sin embargo, muy a menudo lo observamos, queremos que haya crecimiento por el crecimiento mismo, desarrollo por el desarrollo mismo, todo para que la economía sea aún más eficiente. Pero olvidamos preguntarnos para qué. Hacemos gran cantidad de cosas sin tener en cuenta el efecto que tendrán. La comprensión científica se convirtió en una finalidad en sí. ¿Para qué ir a Marte? ¿No hay una mejor finalidad humana para la utilización de los medios? Es un problema inherente a toda vida en democracia esa tendencia a sustituir el desarrollo de los medios en detrimento de los fines.

 

-Quizá sea la ambición de superarse a uno mismo, ese deseo humano de buscar la perfección…

 

-En Rusia, se enviaba a la gente al gulag para “producir hombres nuevos”. En Alemania se buscó lo mismo, pero con la selección natural -casamientos entre arios- o la selección artificial, aunque esta palabra tomó un sentido siniestro, porque se llamó así a la exterminación de todos los débiles, los viejos, los enfermos, que fueron enviados a los campos de concentración. Hoy prevalece ese sueño, que no puede ser realidad, de eliminar las imperfecciones del ser humano modificando su genoma, pero es un proyecto peligroso. Esta ideología no es aceptable ni defendible.

 

-¿Cree que la sociedad evoluciona sin rumbo?

 

-La sociedad no está a la deriva, pero pienso que jamás viviremos en un paraíso. No hay que hacerse ilusiones. Es lo que sostengo en mis libros. Montaigne afirma que esta imperfección es constitutiva de la condición humana, porque así estamos hechos. Necesitamos a los otros, pero los otros no se pliegan a nuestros deseos. Por lo tanto, la violencia nos tienta, para imponer nuestros deseos. Disponemos de cierta libertad que nos distingue de todo el resto del mundo vivo, tenemos una gran libertad con respecto a nuestro código genético o a nuestra naturaleza, pero esta libertad puede conducirnos tanto a la generosidad como a la perversión. Las sociedades están hechas de grupos con intereses contradictorios y no se puede satisfacer a todos al mismo tiempo…

 

-¿Cuál es la sociedad ideal, entonces?

 

-Una buena sociedad es la que sabe aprovechar los compromisos entre intereses contradictorios. Si renunciamos a esa visión del paraíso terrestre, que era la que estaba detrás de la política totalitaria, porque soñaba con construir el paraíso terrestre, aunque se renunciara a esa visión, sería indispensable que fuéramos conscientes de los peligros que socavan nuestra existencia.

 

-En “Memoria del mal, tentación del bien”, subrayó que no puede haber ideales verdaderos o falsos, sino únicamente más o menos elevados. ¿Puede haber ideales malos?

 

-Por supuesto que sí. Por ejemplo, el ideal de producir el paraíso terrenal puede parecer magnífico, porque se desea que todo sea perfecto y todos vivan en la felicidad, pero en realidad es un ideal mortal. Lo aprendimos a la fuerza. Comprendimos que el ideal democrático, que es mucho menos excitante que la perfección del paraíso, es digno de respeto y hay que defenderlo.

 

-¿Cree que, buenos o malos, hay ideales en nuestra época?

 

-No creo que la sociedad ya no tenga más ideales. La humanidad no puede vivir sin ideales. Si no tuviera más ideales, habría habido una mutación de la especie. Hay momentos de ceguera e inconsciencia, pero uno se puede despertar de esos momentos. Lo que se llamó la politización de la juventud no era maravilloso. Yo lo viví cuando tenía veinte años. Había mucha simplificación, muchos dogmatismos. No era una época ideal. En la época actual se da más importancia a la búsqueda individual de una vida mejor, más bella. Me parece legítimo y corresponde a la democracia. La democracia no ofrece la plenitud a sus ciudadanos. Tener buena seguridad social no lo hace a uno feliz. Tener una jubilación decente no hace que uno se sienta realizado. La democracia es eso: asegurar la jubilación, una buena cobertura médica, buenas condiciones de trabajo, etcétera. Pero ¿y una vez que se obtuvo eso? Era un medio y no un objetivo en la vida.

 

-¿Y cuál es su objetivo?

 

-Lo que se quiere es sentirse realizado; es poder decir que tengo una vida llena de riqueza, feliz, porque amo a los seres humanos que admiro, porque me siento amado, porque escribí las obras que quería escribir, o construí los muros que quería construir, si fuera albañil. Son voces individuales que tienden a la realización personal, y creo que en democracia esas voces son privilegiadas. No hay que menospreciarlas, porque no creo en el mañana perfecto. Todas esas imágenes que alimentaron la primera mitad del siglo XX, en donde se prometía que con un golpe de varita mágica todo se resolvería, no las creo. Más bien creo que cada uno puede trabajar para hacer que su vida sea más satisfactoria.

 

-Muchos encuentran en la religión ese camino a la realización personal?

 

-Lo religioso se convirtió hoy en una experiencia individual, una entre otras. Hoy no vivimos en un marco dado por la Iglesia. Sin embargo, un individuo puede encontrar su consumación interior en una experiencia religiosa, pero otro la puede lograr en el amor a la pintura o la música, o en el jardín de infantes al que va todos los días para trabajar con niños.

 

-¿Esa es su filosofía de vida?

 

-Consiste justamente en hacer el elogio de lo cotidiano, en buscar en la vida común, en la vida diaria, lo que puede embellecerla, hacerla digna de ser vivida.

 

-¿Y lo encuentra?

 

-Intento que mi vida sea tan rica como sea posible, aun en el simple hecho de cocinar. Es una acción que da sentido, porque la comida se hace para los otros, se comparte con los otros, es un don, es una obra efímera que desaparece de la noche a la mañana, es una obra para recomenzar todos los días…

 

Por Patricio Arana
Para LA NACION
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El sociólogo Ralf Dahrendorf gana el galardón de Ciencias Sociales 2007

julio 12, 2007
El sociólogo británico de origen alemán Ralf Dahrendorf ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2007, fallado hoy en Oviedo.


Considerado uno de los autores fundamentales de las teorías del conflicto social y uno de los máximos representantes del pensamiento liberal europeo contemporáneo, Ralf Dahrendorf se impuso en las últimas votaciones al filósofo alemán Rüdiger Safranski, al lingüista búlgaro Tzvetan Todorov y a la científica italiana Rita Levi-Montalcini.

También eran finalistas el filósofo alemán Rüdiger Safranski, el lingüista búlgaro Tzvetan Todorov y la científica italiana Rita Levi-Montalcini. El jurado, está presidido por Manuel Fraga.

Fotograf�a de archivo (02/10/98) del sociólogo británico de origen alemán Ralf Dahrendorf, que ha sido galardonado con el Premio Pr�ncipe de Asturias
Ralf Dahrendorf

El galardón de Ciencias Sociales, al igual que los otro siete Premios Príncipe de Asturias, está dotado con 50.000 euros, la escultura creada y donada expresamente por Joan Miró, un diploma y una insignia acreditativos.

En los últimos años han sido distinguidos con este galardón los hispanistas Raymond Carr y John H. Elliot, el economista Paul Krugman, los sociólogos Giovani Sartori y Anthony Giddens y la ex presidenta de Irlanda Mary Robinson, que lo ganó el pasado año.

El galardón de Ciencias Sociales es el sexto que se falla este año después de los de Cooperación Internacional (Al Gore), Artes (Bob Dylan), Investigación Científica y Técnica (Ginés Morata y Peter Lawrence), Letras (Amos Oz) y Comunicación y Humanidades, que se concedió la semana pasada a las revistas “Nature” y “Science”.

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Todorov ve la literatura en peligro

julio 7, 2007

“Huir de la tentación del bien”. La tentación del mal, no es nada,. La tentación del bien es la más peligrosa. Entrevista a Tzvetan Todorov – por Eduardo Castañeda © Psikeba 2007. Revista de Arte, Psicoanalisis y estudios culturales.
Tzvetan Todorov © Psikeba 2007

“Huir de la tentación del bien”. La tentación del mal, no es nada,. La tentación del bien es la más peligrosa. Entrevista a Tzvetan Todorov – por Eduardo Castañeda © Psikeba 2007. Revista de Arte, Psicoanalisis y estudios culturales.
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“Huir de la tentación del bien”. La tentación del mal, no es nada,. La tentación del bien es la más peligrosa. Entrevista a Tzvetan Todorov – por Eduardo Castañeda © Psikeba 2007. Revista de Arte, Psicoanalisis y estudios culturales.
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Tzvetan Todorov © Psikeba 2007

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Tzvetan Todorov © Psikeba 2007

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Tzvetan Todorov © Psikeba 2007

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Tzvetan Todorov © Psikeba 2007

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Tzvetan Todorov © Psikeba 2007

“Huir de la tentación del bien”. La tentación del mal, no es nada,. La tentación del bien es la más peligrosa. Entrevista a Tzvetan Todorov – por Eduardo Castañeda © Psikeba 2007. Revista de Arte, Psicoanalisis y estudios culturales.
Tzvetan Todorov © Psikeba 2007

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Toutes les méthodes pédagogiques sont bonnes, tant qu’elles ne transforment pas les moyens en fin et qu’elles cherchent, grâce à la littérature, à enrichir et à structurer l’esprit de l’être humain” (Tzvetan Todorov, La Littérature en péril, Flammarion, «Café Voltaire», 95 págs, 12 €)

 

Hay autores incombustibles y uno de ellos es, sin duda alguna, Tzvetan Todorov. El 2007 empieza para él como siempre, con un texto revigorizante, aunque corto, cuyo título es La Littérature en péril. Un volumen que, si no ando desencaminado, es el que hace la bonita cifra de treinta y cinco dentro de su nutrida producción. Hay en este libro una andanada contra quienes supuestamente ponen la literatura en peligro, contra aquellos profesores, críticos literarios y oras gentes de letras que reducen la literatura a juegos formales y que no ven otra cosa que “técnicas narrativas”. Y no es un defecto exclusivo de las mentes pensantes, pues el deterioro se cultiva desde la tierna infancia. La escuela es la inicial responsable, porque “on n’apprend pas de quoi parlent les oeuvres, mais de quoi parlent les critiques”, porque en aras del análisis formal los profesores descartarían estudiar su relación con el hombre y con el mundo: “on se demandera si Le Procès s’apparente au registre comique ou à celui de l’absurde, au lieu de chercher la place de Kafka dans la pensée européenne”. Así pues, entre unos y otros quedaría encumbrada una trilogía fatal, esa que formarían el formalismo, el nihilismo y el solipsismo.

 

Con tales armas, no harían sino desesperar al lector más entusiasta y ese resultado no sería extraño, pues precisamente es el entusiasmo lo que desespera a aquellos caballeros eruditos. He aquí, pues, el abismo que separa a aquéllos de éstos. El crítico y el especialista destilan conmiseración, mientras que los lectores buscan en una novela algo que dé sentido a su vida. En fin, dice Todorov, es necesario que la literatura devenga popular: “Non seulement [les] romans populaires ont amené à la lecture plusieurs millions d’adolescents, mais de plus ils leur ont permis de se construire une première image cohérente du monde, que, rassurons-nous, les lectures suivantes amèneront à nuancer et à complexifier”.

 

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La crítica ha tratado con algo de respeto y un poquito de ironía esta nueva entrega del pensador franco-búlgaro, dadas las puyas que contiene contra esta profesión. Philippe Lançon, en la reseña que ha publicado Libération, puede ser un buen ejemplo. A su parecer, con este libro Todorov se ha incorporado a lo que podríamos denominar el coro de los suplicantes o llorones.

 

 

¿Es realmente cierto, se pregunta Lançon, lo que denuncia este pensador? La producción literaria contemporánea desmiente este tópico, concluye, algo que debería ser obvio incluso teniendo un conocimiento superficial de ese mundo. En Francia, por ejemplo, no cesan de publicarse novelas de todas las clases, cuya preocupación principal es relatar el mundo de una manera u otra. Atribuir, pues, a las críticas aparecidas en la prensa o en las revistas especializadas tal influencia sobre el trabajo de los novelistas es exagerar el poder de los unos y subestimar la imaginación de los otros. Ahora bien, continúa Lançon, Todorov es un universitario y mucho de los de ese círculo estudian tanto a los muertos que acaban viendo a los vivos con una perspectiva deformada, casi siempre nostálgica. Todorov no escaparía, pues, a ese timbre.

 

 

¿Significa eso que el libro de Todorov carece de interés? De ningún modo, sobre todo en la parte en que relata una breve meditación autobiográfica. Hay que recordar que Todorov estuvo vinculado en los años sesenta a Gérard Genette, uno de los pioneros de la crítica textual, con quien creó la revista Poétique bajo el estandarte clasificatorio del estructuralismo.

Fue un trabajo fructífero, hasta el punto de que modificó y orientó los estudios literarios en Francia y, por extensión, en otros lugares. Por eso, no debe extranar que Todorov se pregunte: “Devrais-je me sentir responsable de l’état de la discipline aujourd’hui ?Lançon no lo cree.

 

Todorov recuerda que comenzó a estudiar en la Bulgaria comunista: «Je me suis engagé dans une des rares voies qui permettaient d’échapper à l’embrigadement general. Elle consistait à s’occuper d’objets sans teneur idéologique; donc, dans les oeuvres littéraires, de ce qui touchait à la matérialité même du texte, à ses formes linguistiques”. Al llegar a Francia prosiguió este trabajo en contacto con el naciente estructuralismo, con una pretensión: “infléchir l’enseignement littéraire à l’université pour le libérer de la grille des nations et des siècles, et l’ouvrir à ce qui rapproche les oeuvres les unes des autres”. Fue eso lo que le hizo recordar siempre que la literatura le ayudó a vivir, porque le hablaba del hombre, porque le permitía comprender.

 

Todorov acaba reconociendo que los estudios a los que contribuyó en los sesenta han llevado a exagerar la importancia del sentido formal en los textos. Por tanto, sería necesario volver a reintroducir un poco de simplicidad, de humanidad y de contexto. Y tras ese breve comentario, Lançon concluye: “C’est juste, banal, d’un diagnostic un peu superficiel ­ comme un préambule au livre profond qu’il écrira peut-être sur son rapport à la langue, ce tango éclairé et discret de formaliste humaniste”.

 

Para terminar, hemos de añadir que quizá la preocupación de Todorov sea ciertamente banal, pues las previsiones editoriales en Francia son de tal calibre que ha de haber necesariamente obras con las que colmar esa sed humanista. Por lo que se dice, entre enero y abril se publicarán un total de 542 nuevas novelas y ensayos, entre francesas y traducidas. Alimento no faltará. Entre todo eso, también han aparecido o aparecerán otras reflexiones sobre la literatura, como L’Art de raconter (Grasset) de Dominique Fernandez o Devenirs du roman (Naïve) de François Bégaudeau, así como obras tales como Place des pensées (Gallimard), en la que Richard Millet reflexiona sobre la obra de Maurice ­Blanchot, La Révolution (Gallimard) de François Furet, con prólogo de Mona Ozouf o el François Furet (Gallimard) de Ran Halevi.

Fte: Grand Tour

LINKS:

Una entrevista cruzada entre Todorov y François Bégaudeau, novelista y profesor de francés

“Huir de la tentación del bien”. Entrevista a Tzvetan Todorov – por Eduardo Castañeda

“La tentación del mal, no es nada,. La tentación del bien es la más peligrosa, porque a nombre del bien podemos cometer un mal mucho mayor. Eso sucede mucho en nuestros días. El gran peligro de nuestros días es considerarse la encarnación del bien”, explica en entrevista el historiador y filósofo franco-búlgaro Tzvetan Todorov. (Leer Más en PSIKEBA, Revista de arte, psicoanálisis y estudios culturales)

El nuevo desorden mundial

El paraíso terrenal es un ideal totalitario

 

 

Entrevista a Slavoj Zizek “Occidente practica una tolerancia virtual”

junio 7, 2007

Conciliar la cultura de masas con el psicoanálisis y el ciberespacio con el materialismo ha convertido al esloveno Slavoj Zizek en un mito de la filosofía actual. Ha sido profesor en La Sorbona y Harvard y vive entre Liubliana, Buenos Aires y “los aviones” que le llevan de auditorio en auditorio. Fue candidato a la presidencia de su país y publica un libro al año, sobre el 11-S, la guerra de Irak, Lacan o David Lynch. Ha pasado por España para hablar sobre la inmigración.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Slavoj Zizek es un provocador nato, pero él se define como “un intelectual clásico”. “En el fondo, soy lo contrario de esos chicos malos del instituto, aquellos que dentro del libro de filosofía escondían una revista porno”, afirma. “Yo soy al revés. Dentro de las revistas porno escondo la filosofía. Disfruto con Hegel y finjo que disfruto con Hollywood. Son mis colegas los que disfrutan con Hollywood y fingen que lo hacen con Hegel”. Este pensador esloveno no para de moverse y hablar. La conversación comienza en su hotel, sigue en un taxi, pasa por tres ventanillas de facturación del aeropuerto de Barajas, se prolonga en la sala de espera y termina en el control de seguridad.

 

Nació en Liubliana (Eslovenia) en 1949 y allí vive un tercio del año. Otro más reside en Buenos Aires (su mujer es argentina) y el tercero lo hace “en aviones”. Venía de Moscú vía Praga y se marchaba a Santiago de Compostela para, al día siguiente, viajar a Francfort y Los Ángeles. Ha sido profesor en La Sorbona y en Harvard, pero quiere dejar las clases. En Eslovenia tiene el mejor trabajo del mundo: “No hacer nada”, es decir, investigar para el Instituto de Estudios Sociales. Junto a Hegel y a Lacan, tiene a Marx entre sus referentes, pero el Gobierno comunista de Yugoslavia lo consideró poco ortodoxo para confiarle la formación de los jóvenes y lo apartó de las clases: “Además no creo en el diálogo filosófico. La filosofía siempre ha sido dogmática. En todo caso es un malentendido. Aristóteles malinterpretó a Platón, Marx a Hegel y Hegel a Kant. ¿Platón? Los de Platón son los diálogos más falsos de todos. Consisten en alguien que habla y otro que a cada rato dice: ’Por Zeus, estás es lo cierto”.

 

Con un inglés cortado a motosierra pero imparable, Zizek pasó por Madrid para dictar una conferencia en el Círculo de Bellas Artes dentro de un ciclo sobre la inmigración. En la sala no cabía un alma. Había gente de pie y gente sentada en el suelo. ¿El título de su charla? Teme a tu prójimo como a ti mismo. En el taxi matiza: “No es un consejo, es una descripción de la ideología dominante. Hay dos palabras fetiche: tolerancia y agresión. ¿Pero qué significan en realidad? Agresión significa aproximarse demasiado. Por eso Occidente ejerce la tolerancia a distancia, virtualmente. Somos solidarios con los africanos en África, no con los de nuestro barrio”.

 

Para Zizek, el ejemplo máximo de esa ideología es EE UU. Allí, dice, todo puede ser una agresión: “Tocar a alguien, mirarlo demasiado… Igual que queremos pasteles sin azúcar queremos a un prójimo descafeinado. En California la gran moda es un invento llamado Mastubatón: 400 personas se masturban en un lugar público, pero no tienen derecho a tocarse. La entrada cuesta 20 dólares y, por supuesto, el dinero se destina a una obra de caridad. Esa lógica masturbatoria es la que rige hoy las relaciones sociales. Vivimos en un solipsismo colectivo. Eso es también Internet: todos conectados pero todos aislados”.

 

En las entrañas del ordenador que lleva al hombro, Zizek carga el ensayo que acaba de terminar, sobre la violencia, y el que acaba de empezar, que, adelanta, empieza con Heidegger y termina con El Código Da Vinci. Así es Zizek. Afirma que va a dejarlo todo para consagrarse a escribir sobre el idealismo alemán, pero se le iluminan los ojos hablando de Stalin Subway, un juego con el que pasa las horas junto a su hijo de cinco años: “Los juegos de ordenador requieren una concentración y un orden que te permita inventar un país y mantenerlo en pie”. Zizek siempre va un libro por delante de sus editores, que en España son media docena. Autor de títulos como Lacrimae rerum (sobre cine), Bienvenidos al desierto de lo real (sobre el 11-S) o La tetera prestada (sobre Irak), dice no tener recetas: “Mi propuesta es: tomémonos el tiempo de pensar por qué hemos llegado aquí y quién nos ha traído. No nos dejemos atrapar en la trampa humanitaria, que es otra de las grandes ideologías de hoy. La caridad es ahora parte del capitalismo global y sus figuras principales son George Soros y Bill Gates. Su lógica es: te quito todo el dinero y luego te doy las vueltas. En esto sigo siendo marxista, pero lo que me interesa de Marx no es la lucha de clases, sino la lucidez con que señala las contradicciones del capitalismo”. Mientras salta de un tema a otro, Zizek insiste en definirse como un modesto pesimista: “Sólo digo: mantengamos la mente abierta, no aceptemos las fórmulas. Merecemos algo más que un capitalismo con rostro humano”.

 

Cuando se le pregunta por la alianza de civilizaciones, el filósofo, que en 1990 fue candidato a la presidencia de Eslovenia, reconoce que es la primera vez que oye hablar de ella: “Zapatero es hoy el gran representante de la tercera vía. Y más simpático que Blair, pero él también ha levantado un muro en Marruecos. ¿Alianza? Suena a vacío: celebremos nuestras diferencias, subrayemos los valores que nos unen, bla, bla, bla. La política consiste en actuar, no en plantear teorías bienintencionadas. A veces los hechos consumados crean las condiciones que los hacen posibles. Si esperas a que esas condiciones existan, nunca harás nada. Es lo que hizo el propio Zapatero al sacar a las tropas de Irak o al decretar la igualdad entre hombres y mujeres en su Gobierno”. Para Zizek, la única alianza posible es una “entre los disidentes del liberalismo y los disidentes del Islam”.

 

Azote de Bush con sus artículos en The New York Times, el filósofo afirma que la gran catástrofe de los países árabes es el declive de la izquierda laica. “El panarabismo de los años cincuenta era un movimiento laico. Hoy prácticamente han desaparecido los laicos del mundo árabe, en buena parte porque EE UU se alió con los islamistas para acabar con los demócratas, en los que veía un nido de comunistas. Los agentes de la CIA de ayer son los terroristas de hoy. Ahora sucede lo contrario. Para la izquierda europea, los laicos árabes antiislamistas son agentes americanos”.

 

“Hablo demasiado, ¿no?”. Con un ojo en el reloj del aeropuerto, pregunta por El laberinto del fauno y cuenta que coincidió en un estreno con Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu: “Con Del Toro congenié al momento. A los otros dos no les bastaba con ser directores de cine, además querían ser intelectuales. Me pasó lo mismo con los Wachowski”, concluye refiriéndose a los directores de Matrix, una película a la que dedicó Las dos caras de la perversión, su segundo ensayo más famoso. El primero es El arte del ridículo sublime, consagrado a David Lynch: “No me interesa la gente que está fuera del sistema, sino los marginales que todavía trabajan dentro. El gran ejemplo era Robert Altman”. A Lynch no lo conoce personalmente: “Estuve a punto. Había leído mi libro y no había entendido nada, pero le intrigó. Quería conocerme. Incluso alguien quiso que hiciéramos una película con una conversación entre nosotros. No creo que hubiera funcionado. Sus entrevistas están llenas de clichés y yo no creo en el diálogo. Al final no quise conocerlo para que me decepcionara. Es un genio. Eso sí, está loco”.

J. Rodríguez Marcos (El Pais) / | 23-03-2007 | Cultura

Peter Sloterdijk: «El mundo necesita otra revolución»

febrero 7, 2007

Sloterdijk y Canetti; El detonante iconográfico y operístico de la política de masas – Adolfo Vasquez Rocca

Peter Sloterdijk, El Pensador en Escena; ‘Das Philosophische Quartett’ – Adolfo Vasquez Rocca

Peter Sloterdijk y Nietzsche; De las antropotecnias al discurso del posthumanismo y el advenimiento del super-hombre – Adolfo Vasquez Rocca

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Peter Sloterdijk © Psikeba 2007

Peter Sloterdijk © Psikeba 2007

Peter Sloterdijk © Psikeba 2007

Peter Sloterdijk © Psikeba 2007

Jean Baudrillard © Psikeba 2007

Peter Sloterdijk © Psikeba 2007

Peter Sloterdijk © Psikeba 2007

Peter Sloterdijk © Psikeba 2007

Peter Sloterdijk © Psikeba 2007

Peter Sloterdijk © Psikeba 2007

PAULA IZQUIERDO

 

Peter Sloterdijk nació en Alemania en 1947. Estudió filosofía, germanística e historia en las universidades de Múnich y Hamburgo. Sus primeros trabajos académicos denotan su propensión por el estructuralismo y la hermenéutica poética. Se doctoró con una tesis sobre Literatura y organización de las experiencias vitales. En la actualidad es catedrático de filosofía en la Hochschule für Gestaltung de Karlsruhe. La publicación de ‘Crítica de la razón cínica’ en 1983 (Taurus, 1989) le catapultó a la fama, ya que se convirtió en el libro de filosofía más leído y debatido en Alemania.

Del autor han sido traducidas al castellano, entre otras: ‘El árbol mágico: el nacimiento del psicoanálisis’ en 1975 (1986), ‘En el mismo barco: ensayo sobre la hiperpolítica’ (Siruela,1994), y ‘El extrañamiento del mundo’ (Pre-textos, 1998) que obtuvo el premio Ernst Robert Curtius (1993). Año en el que Siruela publica su trilogía ‘Esferas’. Fue acusado de usar una «retórica fascista» y plantear una nueva selección genética en Reglas para el parque humano. El instigador de la polémica fue un superviviente de la escuela de Franckfurt, el filósofo Habermas. En una carta abierta en ‘Die Zeit’, Sloterdijk se dirigió a él: «La era de los hijos de moral hiperdesarrollada de padres nacionalsocialistas toca a su fin. Una generación más libre avanza».

Sloterdijk es un enorme hombre de cerca de dos metros. A pesar de dedicar dos horas a correr todas las mañanas, conserva una saludable barriga. Tiene el pelo pajizo y largo y un hermoso bigote. El paso del tiempo ha resumido sus ojos azules y despejado su frente. Resulta un hombre simpático, dicharachero y sumamente cordial. Vive a una hora en tren de Frankfurt, en Karlsruhe. A juzgar por el aspecto de su despacho, en él se deben librar grandes batallas, aunque la más cruenta es la que tiene lugar en su productiva y ecléctica cabeza.

Europa

Sloterdijk considera que estamos viviendo una crisis ejemplar en Europa, relacionada con cuestiones fundamentales como es la situación actual en Austria. El desarrollo de la Unión Europea va a ser una continua tendencia a la tensión entre países grandes y pequeños, y la política del resentimiento irá en aumento. «En un periodo de un año o quizá dos la situación política de Austria se va a estabilizar. Sin embargo, no considero que haya que establecer una relación directa entre Haider y el fascismo. Además los países que acusan a Haider de fascista como Francia y Portugal también cuentan con movimientos fascistas; creo que en cierta medida están apelando a sus propias neurosis. El único problema que puede existir en Austria es que se persista en la política de aislamiento».

Sloterdijk considera que Europa es uno de los grandes temas del momento, de hecho acaba de escribir un libro, ‘Cuando Europa despierte’, en el que trata el viejo continente desde un punto de vista histórico pero también dramático.

«El desarrollo del sentimiento nacionalista en Europa tiene mucho que ver con los medios de comunicación. Sea a través de los medios impresos o la televisión, es todo una cuestión mediática». Este es el caso de Austria; Sloterdijk cree que han sido los medios de comunicación los que han inflado el problema, porque la política de Haider es más bien provinciana. «Haider se defiende de la globalización que tiende a eliminar las identidades culturales. Se confunde el fascismo con la política de Haider, que es sólo un movimiento austriaco. La forma en que Haider está siendo tratado por los medios es más peligroso aún que el aislamiento que propone. De lo que se trata es de saber cuándo funciona la teoría de McLuhan y cuándo no funciona. Existe una relación directa entre el nacionalismo y la prensa. Se ha hablado también de que esa prensa puede ser postnacionalista, pero ese postnacionalismo, ese eliminar fronteras, también lleva a que las comunidades defiendan su identidad, su forma de entender la vida. Un ejemplo concreto y bastante evidente es ‘La Gramática’ de Nebrija, es un momento en que la idea del estado nación empieza a tener importancia. Es importante que exista una lengua propia y una manera de establecer cómo se define un país a través de su cultura. Es un proceso donde una lengua universal como era el latín en aquel momento se transforma y pasa a constituir la lengua propia de cada país y de este modo su cultura».

Sin embargo, aun entendiendo que es necesario que pervivan las identidades, también es cierto que son los nacionalismos a ultranza los que derivan en confrontaciones sociales e incluso en guerras. Europa tiende a convertirse en un gran puzzle hecho de pequeñísimas piezas.

«Es un hecho que existen pequeños grupos regionales en la Europa de hoy en día. En Europa se está dando una vez más lo que llamo un nuevo irredentismo». Sloterdijk se refiere a la corriente italiana de la edad media donde hace su entrada en Europa una nueva entidad, la del Estado como creación consciente y calculada, y donde la gente se define por su etnia y su cultura. «Esto es un hecho y no se puede negar. Existe y basta. En cuanto al término nacionalismo, hoy en día se produce un error de concepto: no se puede comparar el nacionalismo del siglo XIX con el nacionalismo del año 2000. Por ejemplo, el problema vasco no tiene nada que ver con el nacionalismo sino que es un problema de una provincialidad tribal. Incluso el conflicto checheno también, en el fondo se trata de lo mismo, aunque en la forma se quiera asimilar al nacionalismo».

Sloterdijk compara los conflictos que se producen en Europa con los que ocurren en Africa, salvando las distancias. «Hasta hace poco en Europa existían los estados monárquicos que no son más que una representación del hipertribalismo o metatribalismo así podían defender a las comunidades y los que se rebelaban eran los que no estaban representados por la monarquía».

Considera que las ideologías del siglo XIX y del XX se han agotado y las divide en el marxismo, cuya representación es la metástasis del comunismo, y en el mito del liberalismo. «Sin embargo, mientras los hombres no pierdan las ilusiones habrá otras ideologías que sustituyan a las viejas. La ideología capitalista no ha convencido a toda la población europea. Creo que ha surgido una nueva religión que denomino como neofatalista y que se remite a la época del Imperio Romano. En aquel momento, los gladiadores se encomendaban a la diosa fortuna, que es precisamente la diosa de los desheredados».

Sloterdijk considera que los últimos 400 años ha sido una época caracterizada por el renacimiento sublime del arte. «Por desgracia, hoy en día estamos asistiendo a un renacimiento vulgar basado en esta religión neofatalista. Las catedrales de este neofatalismo son los estadios de fútbol y los programas baratos que emite la televisión». Le pregunto por el papel que desempeñan los centros comerciales. Sloterdijk se ríe a carcajadas. «Existe una diferencia muy importante entre los lugares públicos que se construyen en el siglo XVIII y XIX que tienen forma de anfiteatros, como la ópera, el teatro, o incluso, las aulas universitarias, y los que se construyen hoy, que tienen forma de foro romano, porque es una vuelta al circo romano. En cuanto a los centros comerciales es cierto que se ajusta a esta idea de circo, sin embargo, su concepción es mucho más democrática porque en él sólo se dan perdedores, mientras que en los estadios se dan perdedores y ganadores».

A Sloterdijk le impresionó el intento de procesar a Pinochet porque, de acuerdo con este pensamiento pesimista que tiñe el siglo XX, no podía imaginar que se pudiera procesar a los grandes dictadores en este mundo. «Como gesto simbólico tiene mucho valor, pero hubiera preferido que lo hubiesen extraditado y que se hubiese comenzado un juicio, aunque probablemente se hubiese visto interrumpido por cuestiones de salud». El, como alemán, puede hablar del caso Hoeneker, el presidente de la antigua RDA, al que por cuestiones de salud sacaron de la cárcel. «Este es un asunto muy delicado yconflictivo porque es muy difícil decidir quién juzga a quién».

Alemania

Sloterdijk piensa que la unificación alemana no ha tenido lugar, sino que más bien ha habido una especie de anexión. «Lo que no se puede hacer con los antiguos habitantes de la RDA es darles limosnas. Lo que deberíamos hacer es motivarlos en su camino hacia la autonomía económica». Considera que es absurdo regalar el dinero porque no se consigue nada, salvo un profundo resentimiento. «La unificación alemana no ha sido un acontecimiento ejemplar. Cuando se vuelve de la guerra con un brazo amputado se recibe una pensión, pero no se puede dar una pensión al que viene del comunismo, a las víctimas del comunismo. El problema de muchos alemanes es que han adoptado el papel de pensionistas de la historia y, además, con un sentimiento de rencor muy negativo. De ahí que sea muy escéptico respecto a la reunificación. Yo no entiendo la nación como algo necesario sino como algo casual, en el sentido filosófico del término. En realidad, Alemania del Este ha sido anexionada a la Alemania del Oeste y la relación que se ha establecido es la de un gran superproteccionismo, sin dar opción a la gente a que decida sobre el propio camino a seguir».

Está de acuerdo con que Berlín se ha convertido no sólo en la capital económica de Europa sino también en la capital cultural. «Sé que es así, pero yo considero que es un síntoma superficial. Berlín es una ciudad que casi no tiene cultura. Realmente la época interesante desde el punto de vista cultural fue cuando todavía existía el muro, porque se vivía en un estado de excepción. Berlín fue una ciudad donde se dio el existencialismo de forma continuada desde los años 50 hasta los años 80. Se respiraba una atmósfera especial. En cualquier caso, la época de las grandes ciudades y las grandes capitales ha acabado. Los medios de comunicación tienen un gran poder descentralizador: todo se da en todos sitios».

El sentimiento de los alemanes respecto a la Unión Europea es más bien de escepticismo por parte de los que él llama amateurs, es decir, de aquéllos que no están involucrados directamente en la política. «Hay otros, los políticos y funcionarios, que son muy proeuropeos». Sloterdijk cree que sus compatriotas siguen viviendo en la culpa, que no se han liberado de los condicionamientos morales del nacionalsocialismo. «Evidentemente se da la circunstancia de que ésta es la tercera generación después de la guerra y la primera que no ha vivido la guerra». Recuerda que cuando era pequeño en Múnich, en los años 64 y 65, y jugaba en la calle, la casa de al lado era una ruina, la presencia de la guerra era un hecho palpable. Las casas bombardeadas y los edificios destruidos eran parte de paisaje cotidiano en el que creció. «El recuerdo del holocausto y de la Segunda Guerra Mundial va a dejar de ser algo neurológico, un shock continuo, y se convertirá, cuando hayan desaparecido todos los testigos de la guerra, en un símbolo de lo que no se debe repetir».

Milenio

Sloterdijk hace una comparación entre las tres edades del hombre y la navegación: primero se utilizaron balsas, después grandes barcos y en el tercer estadio, que denomina de la hiperpolítica, parece que navegamos en grandes plataformas flotantes. «La Tercera Edad de la humanidad la comparo con la navegación en tanques gigantes que dada sus exageradas dimensiones casi no pueden maniobrar. Así, no navegamos hacia el futuro (a no ser que seamos turistas ricos con un yate en el Mediterráneo), estamos sentados en la cubierta de un barco enorme y esperamos que éste no choque con ningún iceberg».

Lo que opina sobre la familia, el amor y el sexo está escrito en el libro ‘Selbstversuch (Conversaciones con el joven filósofo español Carlos Oliveira)’ Hanser, 1996. En francés: ‘Essai d intoxication volontaire’, Calmann Lévy 1998. «Hablo en él sobre todo del modo del amor individualista: la érotica del mercado libre. Defino al compañero moderno como un trocito elemental a la búsqueda de otro trocito con el que sea posible establecer una unión».

«Respecto al sexo hasta Wilhelm Reich se creía que el orgasmo estaba por naturaleza a la izquierda. Hoy no estamos tan seguros, también podría estar a la derecha». En cuanto a la polémica desatada por su discurso cree que la manipulación genética se ha dado siempre de manera indirecta a través de matrimonios reglados o aislaciones culturales. «La futura genética será interesante sobre todo como un nuevo estilo de medicina. En las actuales condiciones estas técnicas nuevas no significan una ganancia para colectivos o unidades políticas». Cree que estas técnicas llevan también a una globalización de los genes a largo plazo y con ello a una situación pos-racista global. «En 500 años se mostrarán los tipos antiguos y las razas en las películas históricas como hoy se representan a los hombres medievales en estos filmes». De ahí la alusión al último hombre solitario y sin retorno que aparece en su ensayo En el mismo barco. «El último hombre en el prólogo de Zarathustra es el hombre sin descendencia, en este sentido el hombre de un único camino. No quiere ser intermediario entre los antepasados y los descendientes, sino él mismo última estación de la evolución. Como un monje pero sin creencias».

Sloterdijk cree que la historia del hombre es una aventura de mecenazgo. «Todo ser viviente superior necesita un mecenas. La primera mecenas es la madre, vivimos en su cuerpo nueve meses como en un oscuro hotel de cinco estrellas. Después aparecen otros mecenas en el escenario, padres, profesores, modelos, los clásicos. ¿Sabía que los poetas son los patrocinadores de sus naciones? Son los mecenas de sus idiomas, enriquecen a todos los que los leen».

Le pregunto cómo imagina que será la forma del mundo y si volveremos a vivir en pequeñas hordas: Boccacio, El Decameron, en medio del desastre de lo grande sólo se puede sobrevivir en pequeñas comunidades. «Continuaremos viviendo como hasta ahora, en una tendencia individualista, visitados una y otra vez por la nostalgia del grupo, siempre sobrepasados por la exigencia de tener que interesarnos por el destino de individuos lejanos, no sólo en la misma ciudad o nación, sino cada vez más de todo el planeta. La atención será mas preciada que el dinero puesto que todos querrán obtener tu atención».

Hablando del progreso cree que los europeos críticos están convencidos desde hace 200 años de que la revolución burguesa no basta. «El mundo necesita otra revolución u otro cambio para corregir su curso autodestructivo. Sin embargo nadie sabe cómo ha de realizarse este cambio. Todos los intentos revolucionarios añadidos han fracasado horriblemente».

Filosofía

Hace poco le declararon sospechoso de flirtear con una retórica fascista. «Se ha dicho esto porque se ha leído mal mi discurso ‘Reglas para el parque humano’. El cabecilla de los malos lectores fue Jürgen Habermas, cuyo pasado en una familia 100% nacionalsocialista siempre reprime, nunca ha trabajado realmente. Se pone vulgar cuando quiere decir algo negativo de algún filósofo que no comparte sus opiniones». En cuanto a las diferencias entre su forma de entender la filosofía y la de sus colegas. «La cuestión puede definirse con un concepto: Habermas representa un tipo de filósofo que sólo puede darse en la isolación de la Universidad alemana; escribe fundamentalmente para los colegas. Yo me veo al contrario como un escritor filósofo que escribe para un público».

Sloterdijk considera que filosofar es una forma de ‘autohipnosis’: se rechazan todas las opiniones con el pretexto de tener que pensarlas uno mismo. «En este sentido tiene el carácter de un poderoso mecanismo de protección. El filósofo tiene que tener (a diferencia del artista, que necesita una infancia infeliz) una infancia feliz y no resignarse nunca a que ésta se ha perdido; tiene que estar convencido de que antes de él no se ha pensado realmente nunca y que todos los sistemas anteriores surgen de charlatanes; tiene que sentirse a gusto enel infierno». Cree que la filosofía sigue teniendo cabida hoy.

En cuanto a los cinco mejores libros del siglo XX, Sloterdijk contesta que probablemente no haya leído los mejores libros del siglo XX, pero cinco buenos son: Heidegger, ‘El ser y el tiempo’; Thomas Mann, ‘José y sus hermanos’; Musil, ‘El hombre sin atributos’; Gottfried Benn, ‘Cartas a Oelze’; Friedrich Nietzsche, ‘Obras póstumas’. «En estos momentos estoy leyendo el libro de Boris Groys, ‘Bajo sospecha’, una fenomenología de los medios. Múnich 2000. Es sensacional».

Vida

Le pregunto por lo que más le gusta hacer en la vida: «Como Marcel Duchamp soy un respirador apasionado». Aunque no suele hacer planes, sus libros sin escribir ya lo han planeado como autor. Este otoño la editorial Suhrkamp publica dos nuevos libros suyos. El primero se llama, ‘Profetizo otro pasado a la filosofía’, la primera compilación de sus ideas en seis detalladas conversaciones con el escritor-etnólogo Hans-Jürgen Heinrichs. El segundo se llama, ‘No salvado. Ensayo sobre Heidegger’, una recopilación de sus notas sobre Heidegger y la situación de la filosofía contemporánea.

Por último, Peter Sloterdijk decide que si fuera un animal le gustaría ser un elefante, problablemente mejor uno indio que uno africano. «Tiene unas patas muy feas pero un paso suave. La nariz está más allá del bien y del mal y su memoria es fuera de lo común. Lo mejor de los elefantes es que son queridos a pesar de ser grandes».

 

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Peter Sloterdijk